19 junio 2007

este josé tomás es el de verdad (cayetano también)

Enhorabuena. A todos los que sentimos, amamos y respetamos esta fiesta. La que nos emociona y nos arrastra hasta límites insospechados y que no conocíamos capaz de llegar tan alto. Sin duda, la reaparición de José Tomás, tras cinco años de retiro, era la ocasión perfecta para comprobarlo y cualquier expectativa quedó desbordada.

La tarde fue el desenlace de una inmensa bola que empezó a rodar el pasado primero de marzo con el anuncio del retorno después de todos los rumores habidos; y estalló repleta de deseos, ilusiones y ensoñaciones de naturales eternos, rota la cintura, toreo puro en fin, en la misma bocana del patio de cuadrillas de La Monumental catalana. Fue hacerse presente José Tomás –“es verdad, está ocurriendo” –, vestido de azul y oro rematado en blanco, y el grito de exclamación dio paso a una ovación que acompañó todo el paseíllo.

En los tendidos aguardaba la más completa amalgama de aficionados, de Barcelona muchos y muchos venidos de cualquier punto de España, del mundo. Público culto en su mayoría y entregado bastante más allá de la propia razón todos. Hay que ver de lo que es capaz el toreo.

Empezaba ahí la comunión perfecta. Después la ovación obligada a José Tomás. Luego, el primero, 'Pitimini' y allí no había manera de liberar los 19.000 corazones metidos en un puño, centro geográfico del toreo, de su historia más reciente. Serio y bien hecho, sacó casta en varas, tras la segunda José Tomás, en su turno de quite, se echó el capote a la espalda como solía. Las gaoneras fueron la tarjeta de presentación del que vuelve donde alcanzó. La primera fue tan bella, tan cierta, que puede que en cinco años o más nadie haya toreado, capote a la espalda, tan bien, despacio, otra vez puro, como José Tomás. Era él, no cabía duda, pero aún habría alguno tratando de hacerse a la idea o, como quien firma, tratando de liberar ese corazón metido en el puño y queriéndose salir.

Todavía tendrían que pasar muchas más cosas para que la emoción dejase correr el aire holgado por el pecho. Tras la labor de Finito, que sí pero no. Llegó el gran momento, una ovación que quería arrancar, que subía y se entrecortaba. José Tomás paró al toro andando con tal suavidad que muchos ya casi habían olvidado, y un lance con el cuerpo mandando de la embestida.

Pegajoso, haciendo hilo, serio y encastado, yendo de acá para allá. José Tomás reveló de nuevo, cinco años después o más, el concepto de su tauromaquia, la del José Tomás que ocupa los terrenos prohibidos, los del toro, y los acaba conquistando. Así, ganando terreno, como en el inicio de faena, trinchera, ayudado, un cambio y en los medios; y ligando en palmo y medio, rompiendo la cintura y echando la mano abajo, todo envuelto en ese aura de mito que lo ocupa todo y lo convierte en el arte más trágico jamás visto.

El poder de la serie en redondo, pura, templada, ligada, comprometida, era el toreo de la eternidad, el corazón contenido, y que llevábamos imaginando y se hizo presente. Era cierto. Cuatro bastaron para explicar el toreo. Su riesgo, metido en el terreno del toro fue echado y revolcado, la respuesta de la casta, y apunto de ser abierto en canal el torero José Tomás que se levantó sin mirarse convertido, transfigurado –el pelo emblanquinado de arena– en héroe. Mito, héroe, realidad –“¡Torero, torero, torero!”– aclamado por miles de gargantas conmocionadas. Y el natural.


Marca de la casa, tan reconocible, tan personal como su mismo gesto hermético y callado. La muleta adelante y por imperativo, por abajo, así como si se tratase de una necesidad vital extraer la mayor pureza a cada embestida, ofreciendo el medio pecho y de ahí hasta la planta de los pies enterrados, cargando la suerte.

Los dramáticos segundos del torero a merced en el hocico, los pitones buscándolo, dieron paso a un José Tomás de nuevo amo y señor. La plaza entregada, el toro también, rajándose. Sobró el epílogo. Del resto, ni sombra de duda. Por eso el toro se puso imposible al cuadrar, y la espada se precipitó a los bajos.

La otra faena se la inventó en ese empeño por encontrar la pureza en la profundidad en cualquier embestida que se le presente, dejando llegar la embestida hasta no tener más remedio que tomar la muleta, más natural imposible, sin agitar una pestaña y la planta inmóvil. Y de nuevo, otra vez, cinco años después, las manoletinas más distintas y ciertas. Fue la locura para todo seguido agarrar la estocada al encuentro.

Este José Tomás es el de verdad.

Para entonces, cuando alcanzábamos esta reflexión, la emoción se había aliviado con el cuarto, que salió tocado de la primera vara. Se hacía necesario, aunque Finito tuviese que conformarse en ser mero convidado.

Porque Cayetano se había empeñado es ser algo más y lo hizo. No era fácil: la tarde, auténtica vorágine que levantó a la fiesta a lo más alto, el descendiente de los de Ronda tenía que hacerse su hueco, alcanzar la altura y mantener la emoción, que ya de por sí arrastraba “el pasmo de Galapagar”.

Y fue Cayetano, con el mejor lote, cuando al bravo tercero se decidió a ligarle, a hacer en los cánones de su estilo empaquetado y recio lo que hacía minutos había vuelto a traer José Tomás a una plaza de toros, y qué mejor que a la de Barcelona.

Quedarse firme, presentar la muleta por delante y con el temple que ya tiene y hacer el toreo. Más larga y profunda cada embestida en el sitio propio del toro, hasta que sucedió lo mismo, que la casta volvió a aflorar para recuperar el terreno perdido y rebozar al torero Cayetano de albero blanquecino. Fue a partir de ahí el acierto de la distancia, más el temple. Los ayudados por abajo, trincheras y adornos se distinguían entre las ramas del árbol genealógico. La estocada, un monumento.

Barcelona era una fiesta, auténtica pasión desatada. Lo nunca visto en una plaza de toros. No era euforia ni triunfalismo, era algo diferente desde el primer momento. Cuando José Tomás había reaparecido en loor de santidad, triunfado y emocionado a La Monumental de Barcelona llena hasta la senyera, Cayetano, con el triunfo hecho, quiso más. Tenía toro para disfrutar, imaginar el toreo hasta emborracharse, y vamos si lo hizo, faena grande, que eso sí nunca alcanzó el paroxismo de las manoletinas de José Tomás, que dicen algunos que es un poco de otra galaxia.


1 comentario:

Pablo G. Mancha dijo...

Andrés, me alegro de coincidir en el mismo sitio contigo, tanto en los sentimientos como en el espacio.